Carlos Rehermann (Montevideo, 1961)
Escritor

Novela monstruosa
Ramiro Sanchiz

En su ensayo “Magias parciales del Quijote” (en Otras inquisiciones), Borges elabora un prolijo inventario de juegos realidad/ficción, puestas en abismo, regresos al infinito y otros recursos ficcionales y metaficcionales. Las mil y una noches, por ejemplo, apelan a la insinuación de un infinito cuando, en la noche central, la narradora comienza la historia de una mujer que para salvar su vida cuenta a un sultán una serie de historias encadenadas; en Hamlet, otra de las obras señaladas por Borges, asistimos a un desdoblamiento de personajes en espectadores, al fingirse un escenario en algún rincón del espacio de lo representado, para mostrarnos una tragedia que no es otra cosa que una variación de la historia del príncipe enlutado que busca buscar su venganza.

También cabría añadir Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, Vacío perfecto y Magnitud imaginaria, de Stanislaw Lem, La trilogía de Nueva York, de Auster, y El atlas de las nubes, de Mitchell, cada una de ellas desarrollando alguna de las estrategias que comentara Borges en su momento. Concluyamos, entonces, que no es difícil encontrar ejemplos de obras que puedan incluirse a un nuevo catálogo de magias, sean éstas parciales o totales. Sin embargo, coincidirá conmigo el lector, lo que sí es
bastante infrecuente es dar con un libro, un solo libro, donde, prolija y enciclopédicamente, sean jugados todos estos juegos.

Dodecamerón, de Carlos Rehermann, es ese libro. Imaginemos el itinerario de un lector posible.
Primero (al mirarlo en la librería, por ejemplo) sorprende por su extensión, en un ambiente literario dominado por novelas cuyo número de páginas promedio
andará entre las 140 y las 180; después, pasadas ya las primeras veinte páginas, asombra por su ambición en apariencia desmedida (otra vez, su jugarse) y, capítulo tras capítulo, por la destreza con la que el propósito del libro va realizándose, completándose.
El placer de lectura de ciertos relatos hace admirar la capacidad fabuladora del autor; páginas después, sólo cabe rendirse ante el inmenso número de referencias a la historia, la geografía, el arte, las ciencias, la vida y todo lo
demás. Acercándonos al final no nos queda otra que asombrarnos por el atrevimiento, la valentía de exigir tal esfuerzo a los lectores, que deben ser capaces no sólo de decodificar tantos guiños y referencias sino también de hacer un ejercicio continuo de memoria para salir (más o menos) airosos
de todas las trampas que Rehermann ha instalado en su libro.

Y, por último, al cerrarlo (aunque en realidad lo mejor sería ir hacia atrás y releer y reconstruir, seguir jugando o rejugando, sacándole jugo a esta fruta
que parece inagotable) queda el sabor de haberse acercado a lo que en otras épocas se llamaba“novelas totales” o incluso “grandes novelas”: Rayuela, Paradiso, Los detectives salvajes.

Diez por doce
Bien. Hagamos ahora un zoom out e impostemos un poco la voz. Tono de locutor de FM: Dodecamerón es en gran medida una reescritura de Los cuentos de Canterbury, Las mil y una noches, Manuscrito encontrado
en Zaragoza
y, por supuesto, elDecamerón. Diez personajes que aguardan
su rescate en un barco perdido en alta mar deciden contarse historias para entretenerse, diez por noche y una por pasajero hasta que arribe el rescate, tomando cada narrador como punto de partida el final de la historia que
acaba de escuchar para proponer como aporte a la velada un nuevo relato vinculado o vinculable -pero a la vez independiente- en el que, por norma prefijada, cabe la posibilidad de “usar los nombres de personas conocidas, e
incluso de los que estamos aquí presentes, aunque los cuentos sean ficciones” . Esas pautas son la clave (la fórmula del fractal, diríase) para la proliferación de narraciones, no sólo en el sentido de acumular cuento tras cuento (hasta el total de 12 días, diez cuentos por jornada y dos secciones
extra que agrega siempre el narrador, una como marco general de la novela y otra a modo de presentación de cada uno de los personajes, computando en total 144 relatos), sino también porque las ficciones se vuelven sobre sí mismas, se interpenetran, se refieren, apoyan y destruyen mutuamente, abriéndose la posibilidad de todos los juegos metanarrativos ya mencionados.
Una estructura tan compleja (a la vez que derivada de principios tan simples, y no en vano cada capítulo está precedido por una cita de la Monadología de Leibniz, otra gran discusión sobre el paso de lo simple a lo múltiple) se vuelve inagotable: cabe, sin embargo, elaborar modelos manejables, mapas, fórmulas.
Dodecamerón, con barroca elegancia, se adelanta al lector y propone un modelo posible: la “vida y obra” de Jan Potocki, autor de Manuscrito encontrado en Zaragoza, también una reescritura de las Las mil y una noches y el Decamerón. Las referencias (a veces explícitas) a este escritor
polaco (que es presentado también como personaje) atraviesan la novela, desde la presencia de ciertos objetos (históricamente¿comprobables? ¿reales?) hasta la recurrencia de fechas clave y“temas” narrativos. Otro modelo posible se centraría en los motivos del narrador principal para dar
cuenta de (y deformar e inventar) las historias que contó y escuchó junto a sus compañeros de crucero, todos ellos conectados en sus pasados (el tema casualidad/ causalidad es un eje posible del libro) del mismo modo que las
narraciones van vinculándose unas a otras… si es que creemos al narrador, claro está. Lo que decimos de los otros y de nosotros mismos, las mentiras que contamos para decir quiénes somos y quiénes preferiríamos no ser, el autorretrato posible que se desprende de qué elegimos contar y qué excluimos de nuestra narración, es otro punto de perpetuo retorno en esta novela, conjunción de voces que se presentan en su pluralidad pero que en el fondo son una: una historia y también muchas historias.

Escalas y aristas
Quienes hayan leído El robo del cero Wharton (Trilce, 1995) y El canto del pato (Planeta, 2000) encontrarán temas que retornan y personajes (que parecen) recurrentes. Es posible que el impulso cortazariano de El robo… encuentre aquí su cristalización máxima, construyendo dentro de la obra de Rehermann una relación entre estos textos que podría recordar las líneas trazables entre “El perseguidor” o Los premios y Rayuela.
En cierto modo, la novela de 1995 contiene, a escala, escenas cuyo plan general es desarrollado y ampliado en Dodecamerón, como el pasaje en que algunos de los personajes narran sus experiencias orgásmicas. Del mismo
modo, los juegos de identidad que encontramos en El canto del pato cobran otro relieve al considerar el proceso como figura protagónica de Alejo, narrador de ambas novelas. No porque se trate “del mismo personaje” en un sentido de biografía ficticia, sino trascendiendo los elementos clásicos de la caracterización para presentar figuras que sirven -como en la narrativa de JG Ballard- de polos y vectores dentro de la novela, indicando sus principales líneas conceptuales y también temáticas. De hecho, más que de “personajes” o, más ingenuamente, de“personas”, aquí cabría hablar de vértices y aristas.
Decir que Dodecamerón sorprende, asombra y maravilla es decir también que todo intento de reseñarla con pretensiones de pertinencia no podrá más que generar las reacciones contrarias, además de presentar al reseñista, en el mejor de los casos, como un tonto laborioso. Pertenece, en tal sentido (y en otros) a esa tradición de novelas inabarcables que incluye al Ulises de James Joyce y a El arcoiris de gravedad, de Thomas Pynchon.

¿Qué más podría añadir entonces que no generara que esta reseña proliferase de modo inútil e ilegible? Propongo, para cerrar, un juego ucrónico: pensemos en un mundo alternativo en que Rehermann, y no Dan Brown, terminó por convertirse en un fenómeno editorial a nivel mundial. En las librerías de este cosmos literario encontraríamos libros como:
1) Literatura y precognición: el caso Rehermann. Mediante un hábil análisis basado en la magia ritual de Eliphas Levi el autor de este libro concluye que los hechos narrados en Dodecamerón implican una profecía del fin del mundo.
2) Diccionario enciclopédico de Dodecamerón: prolijo índice de todas las referencias, párrafo por párrafo, de la novela.
3) Dodecamerón anotado: tratado académico lleno de referencias mal leídas. El autor, Don Gifford, no siempre es confiable.
4) Dodecamerón desmentido: prolija relación alfabética de los errores de tipeo cometidos por Rehermann, con clara mala intención.
5) Sobre la Monadología de Leibniz y su relación con la obra de Carlos Rehermann. El título habla por sí mismo.
6) Manual de cibertravestismo y fetichismo virtual (con ejemplos
tomados de la obra de Carlos Rehermann)
. Obra de referencia obligada para los/as practicantes de este antiguo arte.
7) El cero Wharton y el metro de platino iridiado: ¿una conspiración
masónica?


Dejo las entradas siguientes de esta lista a la imaginación del lector, que deberá primero animarse (y divertirse) con esta novela, quizá la primera monstruosidad, en muchos años, de la literatura uruguaya. Ya era hora. ■

Ramiro Sanchiz
(La diaria, de Montevideo, 9 de noviembre 2008).

 

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