Taller de dramaturgia

Taller de dramaturgia
SALTO 2010

Octubre 2010

Docente:
Carlos Rehermann



Clase Cuatro

Voces

RECUERDOS
Uno de los principales problemas de la verosimilitud de los relatos en primera persona es el de la cantidad de detalles que se cuentan. Fíjense por ejemplo este diálogo de La Vida Breve, de Juan Carlos Onetti, en el que el narrador recuerda perfectamente lo que otro personaje dijo:

—¿Por qué me gusta tanto la ginebra? —El pelo suelto, un poco sucio, tenía un olor amargo mezclado con el perfume—. Creo que me acostumbré por vos y ahora me parece que nunca más podría vivir sin ginebra. ¿Qué puedo hacer? Desde que te conozco estoy cada día más loca. Lo único que no me gusta es que no quieras fumar. A veces pienso cómo era mi vida antes.

Atendió al muchacho que trajo el porrón y los cigarrillos; después empezó a sacar los pocos libros del estante y a limpiarlos con el trapo. Le miré las curvas de las listas de la bata en las nalgas, la pequeña cabeza donde colgaba el pelo; la estuve compadeciendo por su servidumbre a la falsedad y al engaño, admiré su capacidad de ser dios para cada intrascendente, sucio momento de su vida; envidié aquel don que la condenaba a crear y dirigir cada circunstancia mediante seres míticos, recuerdos fabulosos, personajes que se convertirían en polvo ante el amago de cualquier mirada.

La verdad es que parece imposible que uno recuerde todos esos detalles, si es que se pone a hacer un recuento de los hechos. Numerosas discusiones conyugales demuestran que uno olvida lo que dijo uno mismo o el otro a los pocos minutos de decirlo.

Pero ¿se supone que cuando se narra en primera persona se está haciendo un recuento de unos hechos? ¿O será más bien que la narración en primera persona es una fotografía de los pensamientos del narrador?

Ambas posibilidades tienen aspectos a favor y en contra. Quien escribe sus recuerdos está ofreciendo un documento que puede existir, puede ser verídico, es decir, da verosimilitud al relato. También puede, como la canadiense Margaret Atwood en El asesino ciego, manifestar debilidad de memoria, inseguridad acerca de lo que está narrando. Cuando poco después de decir, por ejemplo: "Nos queríamos mucho. ¿Nos queríamos mucho?", expone un diálogo detalladísimo, queda deliberadamente expuesta la artificiosidad de la convención de la escritura de ficción.

Poe explicita el problema en un cuento:

No puedo, por mi alma, recordar ahora cómo, cuándo, ni exactamente dónde trabe por primera vez conocimiento con lady Ligeia. Largos años han transcurrido desde entonces, y mi memoria es débil porque ha sufrido mucho. O quizá no puedo ahora recordar aquellos extremos porque, en verdad, el carácter de mi amada, su raro saber, la singular aunque plácida clase de su belleza, y la conmovedora y dominante elocuencia de su hondo lenguaje musical se han abierto camino en mi corazón con paso tan constante y cautelosamente progresivo, que ha sido inadvertido y desconocido. Creo, sin embargo, que la encontré por vez primera, y luego con mayor frecuencia, en una vieja y ruinosa ciudad cercana al Rin. De seguro, le he oído hablar de su familia. Está fuera de duda que provenía de una fecha muy remota. ¡Ligeia, Ligeia!

Sumido en estudios que por su naturaleza se adaptan más que cualesquiera otros a amortiguar las impresiones del mundo exterior, me bastó este dulce nombre -Ligeia- para evocar ante mis ojos, en mi fantasía, la imagen de la que ya no existe. Y ahora, mientras escribo, ese recuerdo centellea, sobre mi, que no he sabido nunca el apellido paterno de la que fue mi amiga y mi prometida, que llagó a ser mi compañera de estudios y al fin, la esposa de mi corazón. ¿Fue aquello una orden mimosa por parte de mi Ligeia? ¿O fue una prueba de la fuerza de mi afecto lo que me llevó a no hacer investigaciones sobre ese punto? ¿O fue más bien un capricho mío, una vehemente y romántica ofrenda sobre el altar de la más apasionada devoción? Si sólo recuerdo el hecho de un modo confuso, ¿cómo asombrarse de que haya olvidado tan por completo las circunstancias que le originaron o le acompañaron? Y en realidad, si alguna vez el espíritu que llaman novelesco, si alguna vez la brumosa y alada Ashtophet del idólatra Egipto, preside, según dicen los matrimonios fatídicamente adversos, con toda seguridad presidió el mío.

Así empieza el cuento Ligeia. Más adelante, cuando se cuenta la muerte de Ligeia y por lo tanto el autor decide acercar emocionalmente al lector a la escena, el relato sigue así:

A una hora avanzada de la noche en que ella murió, me llamó perentoriamente a su lado, y me hizo repetir ciertos versos compuestos por ella pocos días antes. La obedecí. Son los siguientes:

¡Mirad! ¡Esta es noche de gala
después de los postreros años tristes!
Una multitud de ángeles alígeros, ornados
de velos, y anegados en lágrimas,
siéntase en un teatro, para ver
un drama de miedos y esperanzas,
mientras la orquesta exhala, a ratos,
la música de los astros.

El poema termina, y se retoma el relato:

¡Fuera, fuera todas las luces!
Y sobre cada forma trémula,
el telón cual paño fúnebre,
baja con tempestuoso ímpetu...
Los ángeles, pálidos todos, lívidos,
se levantan, descúbranse, afirma
que la obra es la tragedia Hombre,
y su héroe, el Gusano triunfante.

-¡Oh Dios mío! -gritó casi Ligeia, alzándose de puntillas y extendiendo sus brazos hacia lo alto con un movimiento espasmódico, cuando acabé de recitar estos versos-. ¡Oh Dios mío! ¡Oh Padre Divino! ¿Sucederán estas cosas irremisiblemente? ¿No será nunca vencido ese conquistador? ¿No somos nosotros una parte y una parcela de Ti? ¿Quien conoce los misterios de la voluntad y su vigor? El hombre no se rinde a los ángeles ni a la muerte por completo, salvo por la flaqueza de su débil voluntad.

Y entonces, como agotada por la emoción, dejó caer sus blancos brazos con resignación, y volvió solemnemente a su lecho de muerte. Y cuando exhalaba sus postreros suspiros se mezcló a ellos desde sus labios un murmullo confuso. Agucé el oído y distinguí de nuevo las terminantes palabras del pasaje de Glanvill: "El hombre no se rinde a los ángeles ni por entero a la muerte, salvo por la flaqueza de su débil voluntad."

Ella murió: y yo, pulverizado por el dolor, no pude soportar más tiempo la solitaria desolación de mi casa en la sombría y ruinosa ciudad junto al Rin. No carecía yo de eso que el mundo llama riqueza. Ligeia me había aportado más; mucho más de lo que corresponde comúnmente a la suerte de los mortales. Por eso, después de unos meses perdidos en vagabundeos sin objeto, adquirí y me encerré en una especie de retiro, una abadía cuyo nombre no diré, en una de las regiones más selváticas y menos frecuentadas de la bella Inglaterra.

Observen que en los momentos inmediatamente anteriores a la muerte de Ligeia la memoria del narrador funciona perfectamente; luego de la muerte se retoma el ritmo más sintético del relato, en el que no es tan evidente la necesidad de una excelente memoria.

Normalmente, como podemos ver si examinamos la mayor parte de los textos redactados en primera persona que leemos habitualmente, estas contradicciones (decir que falla la memoria y luego dar detalles obsesivos, o simplemente dar muchos detalles cuand ose está contando una historia que pasó hace mucho tiempo) pasan desapercibidas, porque forman parte de la convención de la ficción.

LAS COSAS COMIENZAN CON YO
El profesor inglés John Mullan, autor de How Novels Work ("Cómo funcionan las novelas", aun no traducido al español) observa que la novela en Inglaterra nace con la primera persona: Robinson Crusoe se publicó en 1719 y empieza así: “Nací en el año 1632 en la ciudad de York, en una buena familia que no era del país; mi padre era extranjero, de Bremen, y se instaló primero en Hull”.
En la primera página de Robinson Crusoe decía “Escrito por él mismo”. Es notable que en la primera edición del libro no aparece el nombre de Defoe.

¿Encontraremos algo similar en nuestras novelas fundadoras? Realmente es difícil y quizá superfluo intentar definir cuáles son nuestras novelas fundadoras, pero es bastante cierto que no es posible encontrarlas durante el siglo XIX. Hay que esperar hasta la generación del 45 y sus alrededores para encontrar algunas voces en prosa con personalidad (porque la poesía había tenido a Herrera y a Agustini, por ejemplo, pero no surgió en aquellos tiempos ningún prosista de ficción interesante). Yo diría que es Onetti quien funda la novela uruguaya, y lo hace, observen, en primera persona:

Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados por el sol, viejos de meses, clavados en la ventana en el lugar de los vidrios.

Me paseaba con medio cuerpo desnudo, aburrido de estar tirado, desde el mediodía, soplando el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre, en las tardes, derrama dentro de la pieza.

Se trata de El Pozo, su primer libro publicado.

Piensen en su propia escritura: ¿Lo primero que han escrito está en primerfa persona? Parecería que la primera persona hace énfasis (aunque a veces de manera inconsciente) en el hecho de recordar; y recordar es una manera de tratar de encontrarse a sí mismo, en la medida en que el recuerdo es una búsqueda de los orígenes de una identidad.

NARRADOR INADECUADO
Sobre los narradores poco confiables hablamos ya en la clase pasada. Ahora no quisiera volver a plantear esos asuntos, que si ustedes quieren pueden repasar.

Pero el narrador inadecuado es una categoría un poco más amplia, que comprende al narrador poco confiable, y que es, creo, la esencia de la ficción.

Narrador inadecuado es cualquiera que asume una personalidad que no es la del escritor. Cada vez que hay un narrador, se construye un personaje. Ese personaje no es una persona, y por lo tanto, la narración es una doble falsedad: por un lado, porque se trata de una ficción (es decir, de hechos que no son ciertos) y por el otro, porque os cuenta alguien que no existe, cuya personalidad es un artificio creado por el escritor.

Siempre que hay un narrador, hay una metaficción. Hay un relato metido dentro de otro relato. El relato marco desaparece ante la impresión de que estamos frente al relato de un narrador explícito.

Cuando Onetti dice “Hace un rato me estaba paseando por el cuarto”, no está hablando de Onetti que pasea por un cuarto, sino de un tal Eladio Linacero.

Cuando un escritor escribe como alguien del sexo opuesto (Kazuo Ishiguro, Nunca me abandones), cuando asume personalidades extremas (Anthony Burgess, La naranja mecánica) o cuando escribe como alguien con explícitas limitaciones intelectuales (Mark Haddon, El curioso incidente del perro a medianoche), los lectores toman conciencia de la relatividad de todo cuanto se dice en el relato, porque es explícito que el narrador es un personaje.

De alguna manera la tercera persona, con su neutralidad, tiende a ocultar la subjetividad de todo relato. En cambio la primera persona es quizá más honesta al mostrar que siempre estamos ante versiones de los hechos.

NARRADORES MÚLTIPLES
Cuando hay varios narradores la subjetividad parece desaparecer porque ocurre un fenómeno que se puede llamar de intersubjetividad que da la apariencia de que se equilibran las versiones. En realidad, si miente uno pueden mentir varios, pero la impresión puede ser la de que tenemos varias versiones que ayudan a entender mejor los hechos.

Pero si examinamos el cuento En el bosque, de Ryunosuke Akutagawa, veremos que no es tan sencillo. Lo mencioné la clase pasada, y tal vez lo leyeron: dedíquenle de todas maneras un rato, para analizar todas las variantes: a)fuentes de información complementaria que aportan los distintos personajes, b)versiones encontradas del mismo hecho, c)motivaciones extrañas para las versoiones --todos se culpan a sí mismos--.

EN EL BOSQUE
Ryunosuke Akutagawa

DECLARACION DEL LEÑADOR INTERROGADO POR EL OFICIAL DE INVESTIGACIONES DE LA KEBUSHI

-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.

El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que me acercaba.

¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la víctima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese pa­raje de la carretera.

DECLARACION DEL MONJE BUDISTA INTERROGADO POR EL MISMO OFICIAL

-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. El marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mu­jer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su cara. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun , me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien ar­mado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.

¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago... Lo lamento... no encuentro palabras para expresarlo...

DECLARACION DEL SOPLON INTERROGADO POR EL MISMO OFICIAL

-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero lla­mado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía ha­ber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.

De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él el que mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo.

No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.

DECLARACION DE UNA ANCIANA INTERROGADAPOR EL MISMO OFICIAL

-Sí, es el cadáver de mi yerno. El no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se lla­maba Takehiro Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.

¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No cono­ció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.

Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba ese destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero... ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que... (Los sollozos ahogaron sus palabras.

CONFESION DE TAJOMARU

Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de tor­turas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.

Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante... Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Re­pentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.

¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como la que ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesa­riamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras que voso­tros matáis por medio del poder, del dinero, y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matáis vosotros, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la habéis matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta, me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa irónica.)

Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar al hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.

Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia... Luego... ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.

Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encon­tró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo espe­raba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.

Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos... Era el lugar ideal para poner en prác­tica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.

Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su ma­rido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría cos­tado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan fu­rioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conse­guí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.

Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecorta­damente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)

Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mu­jer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.

Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes ha­brán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé lle­vármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte... (Sereno suspiro.)

Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada.

¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.

Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

CONFESION DE UNA MUJER QUE FUE AL TEMPLO DE KIYOMIZU

-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instinti­vamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido... un resplandor verdaderamente extraño... Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposi­bilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera, ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia. El bandido había desaparecido, y mi marido se­guía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentí en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante, me aproximé a mi marido, y le dije:

-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situa­ción horrible en que me encuentro, ya no podré seguir con­tigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte. Has sido testigo de mi ver­güenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!

Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal.

Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:

-Te pido tu vida. Yo te seguiré.

Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».

Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.

Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol po­niente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después... ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle... ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido... qué podría hacer. Aunque yo... yo... (Estalla en sollozos.)

LO QUE NARRÓ EL ESPIRITU POR LABIOS DE UNA BRUJA

-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Natural­mente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No le escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. El le decía: «Ahora que tu cuerpo fue manci­llado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos.

Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¿Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado? Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)

Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Má­talo! ¡Acaba con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible? ¿Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas? Palabras que... (Se interrumpe, riendo extrañamente.)

Al escucharlas, hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estal la otra vez en carcajadas.) Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone, ¿no tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza? ¿Quieres que la mate? ...».

Solamente por esta actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)

Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, inter­nándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla.

Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que mur­muraba:

«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)

Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba ¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo del sol que desaparecía... Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel mo­mento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar...

(Diciembre de 1921.)

FIN

(Otros cuentos de Akutgawa se encuentran en la Biblioteca)

ESTILO INDIRECTO LIBRE
En la novela y el cuento --es decir, en la prosa de ficción-- la manera más frecuente de presentar la voz narrativa es como polifonía. En la poesía lírica y épica, y en la prosa expositiva (por ejemplo, en una monografía científica o en un discurso parlamentario), el estilo es monológico: el hablante intenta mantener una voz firme que se sostenga en un punto de vista único.

La novela, que es una manifestación burguesa (hablo de la instalación de la burguesía en Europa como clase dominante a partir de la Revolución Francesa, que es el punto de partida de la novela moderna) es necesariamente democrática, de manera que es natural que en este género se manifieste una multiplicidad de voces narrativas.

Esta polifonía se encuentra naturalmente cuando se representan diálogos:

--¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
--No garantizamos nada --dijo el oficial--, excepto los dinosaurios-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus intrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.

Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos
los calendarios del pergamino, todas las horas apilada en llamas.

En este fragmento de El ruido de un trueno, el cuento de Ray Bradbury se ve que el narrador no usa su voz para mostrar la de los personajes. "¿Esta safari garantiza que yo regrese vivo?" es una manera de expresar una idea reproduciendo exactamente las palabras del hablante. Esto se llama estilo directo. La narración en primera persona es completamente de estilo directo: un personaje (el narrador) habla todo el tiempo; a veces muestra lo que dijeron otros, a veces relata lo que ha vivido.

En el relato de Akutagawa, hay multiplicidad de voces, pero un solo estilo: directo. Se escucha hablar sólo a uno (por turnos). Incluso hay cierta artificiosidad cuando los peronajes repiten la pregunta que supuestamente el interrogador les hizo, para informarnos a los lectores.

Al mismo tiempo, en el párrafo de más arriba el narrador usa su propia voz para decir "Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina..."

En la narración en tercera persona estamos ante el llamado estilo indirecto. En estilo indirecto no sólo se puede contar lasacciones de los personajes, sino tambiénb sus dichos. Lo que dice Eckels podría decirse así, en estilo indirecto: "Eckels preguntó si ese safari garantizaría que él regresara vivo".

Cuando se combinan ambos estilos, y además la voz pasa del narrador al personaje, se habla de estilo indirecto libre. Un ejemplo:

Andrés se aburría en la sala de espera cuando la puerta se abrió y entró una muchacha. Era una linda muchachita n o muy alta, de pelo muy corto, oscuro, y unos ojos rasgados, casi chinos, encima de unos pómulos altos y muy marcados. Dios mío, qué hermosa que era esa especie de india que para peor caminaba como una pantera a punto de lanzarse sobre la primera presa que hubiera al alcance.

La tercera persona objetiva y descriptiva deja paso a una exclamación que se interpreta como del personaje, aunque no se ponga entre comillas o después de una guión. Tasnto "Dios mío" como "para peor" son rasgos que hacen pensar que se trata de un pensamiento o voz interior del personaje.

Las cosas se pueden complicar más:

De manera que venciendo el temor que, por favor, era notablemente superior al que le despertaba el dentista, decidió encararla y dijo hola, y le pareció que sonaba un poco nervioso, así que aprovechó para dar esa imagen de indefensión tierna que otras veces le había dado resultado, si querés pasar vos, no hay problema, porque la verdad es que no me encanta la idea de enfrentarme al torno. Ella lo miró un poco sorprendida, quizá porque ni siquiera había entendido claramente sus palabras

Fíjense que hay transiciones bruscas entre dos maneras de expresarse.
El estilo indirecto libre supone en general una voz que tiene preeminencia sobre las demás. Por ejemplo, en el caso de la sala de espera del párrafo anterior, probablemente se hará más hincapié en el punto de vista del muchacho que en el de la muchacha.

 

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1 El shaku es una antigua medida de longitud que equivalía, aproximadamente, a unos treinta centímetros.

2 El sun era la décima parte de un shaku.

3 Qué hora viene a ser la primera del Kong es difícil de estable­ cer en nuestra época civilizada, en la que los horarios se han hecho variables para -entre otras cosas- mejor aprovechar la luz del día. Digamos que la primera del Kong es, como dice el texto, «al caer la noche», cuando la tensión eléctrica comienza a disminuir.